Revista 112
Número 112

Camino de obstáculos

 

Vivir en un medio rural implica ser dependiente del automóvil. Los que circulamos por las carreteras de nuestra comarca conocemos sus peligros. Conducir me supone un fastidio. El camino es una cadena de obstáculos hasta que consigo llegar a mi destino y aparcar el coche. Me resigno al mal estado de la calzada, lo profundo de sus cunetas, sus extrañas curvas y lo temerario de algunos conductores. Los considero obstáculos inevitables, pero llegar a un pueblo o urbanización supone entrar en un terreno hostil.

Además de sufrir el mal estado de las calles de muchos núcleos urbanos, llenas de baches y grietas, tenemos que soportar esas barreras llamadas "Reductores de velocidad" los hay de dos tipos: los más antiguos son una especie de escalón hecho con mucho hormigón y poca cabeza. La mayoría de estos reductores incumplen la normativa (ORDEN FOM/3053/2008 de 23 de septiembre) en cuanto a las dimensiones del perfil longitudinal, lo cual es motivo de denuncia contra el titular de la vía en cuestión. Los reductores más modernos están hechos de plástico u otro material sintético y van atornillados al suelo. No dudo de las buenas intenciones del alcalde de turno para evitar que algunos irresponsables circulen demasiado rápido por las calles y evitar así atropellos de peatones, pero al final los sufrimos todos los conductores, todos los días, a todas horas.

El uso de estos «Reductores de velocidad» se ha generalizado hasta el punto que su uso no se limita a zonas residenciales y de peatones como, por ejemplo, colegios o tramos peligrosos de travesías. Es habitual encontrarse estos obstáculos en medio de una empinada cuesta, en la subida y en la bajada, en una carretera, en calles desiertas… Se me ocurren mil cosas más provechosas en las que invertir el presupuesto municipal.

Estos bien intencionados obstáculos generan más problemas que beneficios. Muchos de los que circulan rápido no reducen su velocidad al llegar a ellos, ya que si el coche es grande apenas se notan y, sin embargo, los turismos pequeños aunque vayan despacio sufren un gran impacto que acaba destrozando la suspensión. Además, incrementan la contaminación acústica para los residentes en calles adyacentes. Ocasionalmente sus dimensiones desproporcionadas pueden también dañar los bajos del coche. Su instalación suele ser arbitraria: el badén puede abarcar los dos sentidos de la circulación (toda la anchura de la vía), siendo innecesario en uno de ellos. Generan mayor congestión en carreteras muy concurridas en las horas punta. Aumentan el consumo de combustible. Suponen un gran trastorno para los vehículos de emergencias como bomberos y ambulancias... Señores alcaldes, usen el sentido común y dejen de gastar el dinero en levantar barreras para reducir la velocidad… con no arreglar los baches es suficiente.

Rogelio Manzano Rozas

 
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