Revista 84
Número 84

El espejo del alma


En estos tiempos en los que la mentira y la corrupción se han extendido como una mancha de aceite en todos los estamentos de la sociedad, uno ya no sabe como distinguir el grano de la paja. Hemos aprendido a saber cuando los políticos mienten, basta con mirarles fijamente la boca, si la mueven, mienten. Pero en los últimos años hemos visto que la infamia no solo es patrimonio de los políticos; banqueros y empresarios. También los sindicalistas y todos aquellos a los que se les ha presentado la ocasión no han dudado en forrarse, robando y traicionando la confianza de las personas honradas.

Si la palabra se ha convertido en una herramienta al servicio de la mentira, ¿cómo podemos reconocer la verdadera naturaleza de las personas? Cuando Abraham Lincoln estaba buscando candidatos para el consejo de ministros, uno de sus consejeros le sugirió el nombre de cierta persona. Lincoln lo rechazó. ¿Por qué? Le preguntó el consejero. No me gusta su cara, respondió el presidente. ¡Ese no puede ser el motivo! Exclamó el consejero; pero si él no es responsable de su cara… ¿Qué puede hacer? No puede evitarlo. No, dijo Lincoln, después de los cuarenta, cada hombre es responsable de su cara.

El rostro de las personas es como un lienzo en blanco donde, sobre la base de la herencia genética, hemos ido moldeando una fisonomía, reflejo de nuestra forma de ser, de las actitudes que predominan en nuestra vida y de los sentimientos más frecuentes. Las cicatrices y las arrugas van, poco a poco, dibujando un currículum vitae que está a la vista de todos y es imposible ocultar. Solo hay que dejar a un lado los prejuicios y saber descifrar las distintas expresiones para llegar a lo más profundo de la naturaleza humana. De ahí viene la expresión popular de que la cara es el espejo del alma.

Hay personas a las que basta con mirarles la jeta para saber que son unos impostores: el gesto duro y prepotente de Bárcenas lo delata; por su cara de avaro, Blesa, que debería haber probado suerte como supertacañón en el Un, dos tres. La repugnante jeta de Carlos Fabra, que con sus inseparables gafas de sol parece recién salido de una viñeta de Martínez el facha. La careta amorfa de Oriol Junqueras o Carod Rovira, indignos imitadores de los recordados Epi y Blas. Los militantes de Bildu. ¿Es que han ido a la casa de los Monster a hacer el casting? No puede ser casualidad que tengan esas caras.

Rogelio Manzano Rozas

 
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