Revista 78
Número 78

Los bienes comunes

La concesión del Premio Nobel de Economía de 2009 a Elinor Ostrom sirvió para popularizar sus estudios sobre las formas en que las comunidades humanas se proveen de bienes y servicios al margen del mercado y del Estado.

 

El debate sobre las políticas económicas hoy en día parece reducirse a la dicotomía entre lo privado y lo público, entre el mercado y el Estado, al debate entre los que defienden la privatización del máximo de bienes y servicios (que de momento van ganando) y los que defienden la gestión pública y la propiedad estatal. Pero hay que tener en cuenta también una tercera esfera de lo económico que son los bienes comunes, los comunales o el procomún.


hormigas

 

Como bienes comunes se han gestionado (y se gestionan todavía) la pesca, la caza, los bosques, los pastos y los sistemas de riego en muchos lugares del mundo. En nuestro país aún se conservan algunos comunales: dehesas boyales, pastos de montaña, comunidades de regantes..., aunque la mayoría han sido privatizados, municipalizados y estatalizados (con las leyes de desamortización de la tierra del siglo XIX, o las políticas del ICONA franquista y posfranquista en el siglo XX).
Esta forma de manejo de los bienes y recursos no es nada nuevo, sino que arraiga en un pasado muy lejano y es común a muchas culturas de los cinco continentes, pero está en franco declive frente a la pujanza del capitalismo, que propugna la privatización de todas las esferas de la vida. Un declive que no es casual ya que los historiadores están de acuerdo en que la génesis de este sistema capitalista en el que vivimos se sitúa en un doble proceso de apropiación y acumulación: por un lado el cercamiento y vallado de la campiña inglesa para impedir a las comunidades campesinas el acceso y el uso libre de sus recursos y, por otro, el colonialismo, que repite esta apropiación en otros continentes pero de un modo mucho más violento: la esclavitud, el genocidio de pueblos enteros, la guerra colonial y la rapiña de recursos.


Los estudios de Ostrom y otros muchos investigadores demuestran que las formas comunales de gestión sirven para conectar más a la gente entre sí, y con su entorno; la gestión comunal de los recursos suele ser más sostenible, más respetuosa con los ritmos de la naturaleza; la gente que comparte un bien se siente más implicada con él, con su conservación, con que no se explote por encima de su tasa de renovación o sustitución. Lo comunal siempre implica la autoorganización de las comunidades que lo aprovechan, el ensayo de estructuras más democráticas e igualitarias, lo que favorece la sociabilidad, la convivencia, el aprendizaje mutuo y la reciprocidad... Compartir los bienes comunes favorece la relación con los demás y con la naturaleza, al contrario que los bienes privados que más bien aíslan y desconectan.


Además de los comunales tradicionales vinculados a la tierra y sus trabajos, como los bosques, la pesca, los riegos, etc. hoy se reivindican otros comunes, a veces más genéricos y abstractos, pero que son igualmente importantes para el bien común. Y si se reivindican y reclaman es porque están siendo igualmente «cercados» por los mercaderes (con la complicidad del Estado y los políticos) que se han lanzado a «cercar» y desposeernos de bienes como el patrimonio genético (las semillas de los alimentos, el ADN de los animales, e incluso el del propio cuerpo humano, su información y materiales), u otros bienes como el agua y la infraestructura hidráulica, cada vez más acosados por las multinacionales,, o como el software, que la ciudadanía quiere libre en la propia red, y sus producciones (la Wikipedia es un ejemplo de procomún recientemente construido). De algún modo la atmósfera y el clima son otro procomún básico que compartimos toda la comunidad mundial de seres humanos y otras especies y que está siendo «cercado», privatizado, ensuciado y desestabilizado por los intereses materialistas y cortoplacistas de unas minorías empeñadas en estrujar las reservas fósiles hasta el fin.


Digan lo que digan el problema básico sigue siendo el de cómo producir y distribuir lo necesario para que la gente viva dignamente y ni el mercado, ni el Estado han logrado este objetivo en sus largos siglos de historia, sino más bien al contrario: estamos destruyendo la naturaleza, que es la base misma de la vida y por tanto de la economía, y estamos esquilmando los recursos actuales y los de las generaciones venideras. Y ni aun así se logra evitar que una gran parte de la población pase hambre, carezca de vivienda,  de agua potable, de sanidad… en fin que viva en la pobreza. Lo común abre la puerta a una economía que combine producción, consumo y gobierno con el objetivo de cubrir las necesidades básicas de todos los seres humanos sin comprometer la reproducción de la naturaleza. Lo común abre la puerta a una democracia real que gobierne el proceso económico y posibilite la transición a una economía ecosocial y solidaria, una economía al servicio de las personas, de la vida buena que podríamos merecernos y que, sin duda, merecen las generaciones futuras y las otras especies que nos acompañan en esta Tierra hermosa.

Fernando Llorente Arrebola

 
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